25 oct 2026

LEYENDA DE LA MUJER MUERTA, SEGOVIA: Tragedia de Aviaco y la azafata de Montjuic.

 

LEYENDA DE LA MUJER MUERTA, SEGOVIA.

Se llamaba María Isabel Sastre y era de Barcelona. Con 18 años llegó al cordal de La Mujer Muerta segoviana volando en su aparato de Aviaco. Algo muy grave falló y Maibel, junto a todos los pasajeros de aquel avión modelo Languedoc se quedó allí, para siempre. Esta es su historia.

Podcast Radio Trail: Leyenda de la Mujer Muerta, Segovia. La tragedia de Aviaco.


LEYENDA DE LA MUJER MUERTA, SEGOVIA.

El espléndido cordal montañero conocido como La Mujer Muerta segoviana, que recorremos desde Cercedilla, guarda mucho más que cumbres y pinares. Hoy quiero acercaros a sus relatos más trágicos. La tradición histórica recogía ya varias leyendas clásicas: La una habla ya de una madre que ofrece su vida para reconciliar a sus hijos; también de una princesa asesinada cuyo recuerdo Hércules modela en la sierra; no falta la historia de una dama atravesada al detener un duelo e incluso la de una joven víctima de los celos de un pastor. Son versiones legendarias de la Mujer Muerta, ambientadas en tiempos distintos, transmitidas para explicar esa silueta de mujer tendida que contemplamos desde Segovia.

A esas narraciones se sumó una tragedia moderna real,  con nombres y apellidos:

Fue el accidente de Aviaco del 4 de diciembre de 1958. Entre sus veintiuna víctimas estaba María Isabel Sastre Bernal, Maribel, una azafata barcelonesa de dieciocho años. Su historia inspiró El último vuelo de Edwin Winkels. Hoy quiero recordarla desde nuestra mirada de montañeros, con el respeto que merecen las familias y conservando la incertidumbre sobre sus últimas horas.

Una muchacha en Montjuïc.

Para contar esta historia quiero empezar lejos del Guadarrama. En Barcelona. En el cementerio de Montjuïc. La fotografía que acompaña este relato muestra una tumba presidida por el busto de una muchacha con uniforme de azafata. Lleva el gorro ligeramente ladeado. Hay flores a sus pies. La piedra conserva una juventud que el tiempo ya no puede cambiar.

Fue aquella sepultura la que llamó la atención de Winkels en 2006. Tal como ya nos avanzara Becquer: “¡Cuánta nota dormía en sus cuerdas, como el pájaro duerme en las ramas, esperando la mano de nieve que sabe arrancarlas!” Aquel encuentro acabó convirtiéndose primero en un reportaje publicado por El Periódico y después en una novela. El escritor buscó familiares, testimonios y documentos para recuperar la vida que había detrás de aquel rostro, según explicó al presentar la investigación de El último vuelo.

A mí me impresiona ese camino de vuelta: empezar por una tumba para recuperar una vida. Os pido que me sigáis ahora, tras los pasos de Maribel, para rendir homenaje a los protagonistas de aquella tragedia, tanto los fallecidos como los héroes que se jugaron la vida por su rescate.

Antes del accidente hubo una muchacha que quería volar. Una joven que había conseguido trabajar en aquello que deseaba. En la España de los años cincuenta, su profesión abría una ventana a un mundo que para muchas mujeres quedaba muy lejos. Esa ilusión atraviesa la historia de Maribel Sastre que recupera la novela.

El vuelo que no llegó a Madrid.

Después llegó aquel jueves de diciembre. El aparato era un Languedoc de Aviaco, matrícula EC-ANR. Llevaba dieciséis pasajeros y cinco tripulantes. Había salido de Vigo con destino a Madrid. El piloto era de los mejores capitanes de toda la flota, amplia experiencia pilotando todo tipo de aparatos. Sin embargo, aquel día algo falló.

 

 El contacto se perdió abruptamente y para quienes esperaron noticias del vuelo durante muchas horas, estas montañas del Guadarrama debieron de convertirse en una distancia insoportable. Al otro lado estaba un avión del que no sabían nada. Dentro viajaba alguien a quien querían.

Aquel vuelo había terminado abruptamente contra la montaña. La ventisca lo precipitó en el pico Pasapán, sobre el cordal de la Mujer Muerta, el último obstáculo antes de llegar a la meseta madrileña. Ninguno de sus ocupantes regresó.

Pasapán. Un nombre que ayer mismo revivi recorriendo sus laderas entre, collados y farallones de granito. Al recordar hoy aquel avión entre la ventisca, el paisaje adquiere otra dimensión. Pienso en la diferencia entre contemplar una sierra desde abajo y quedar perdido entre sus laderas cuando llega el invierno. En cómo desaparecen las referencias. En lo difícil que resulta avanzar cuando apenas puedes ver dónde termina el siguiente paso.

Luciano Otero entre la nieve y el viento.

El pastor Luciano Otero no lo dudó y encabezó la partida de búsqueda de la Guardia Civil por las tierras altas, que conocía como pocos: «Hacía un viento enorme. Los ojos se cegaban continuamente por las ventiscas». En un momento dado, creyó ver una roca entre la nieve. Al acercarse reconoció el avión y gritó a sus compañeros. La cola se conservaba; la parte delantera estaba destrozada.

Como corredor de montaña, me deja helado esa primera confusión. Cuántas veces un canchal cambia de forma entre dos ráfagas de niebla. Pero aquel bulto tenía dentro 21 respuestas que desde días antes buscaban las familias.

Las crónicas mencionan entre los rescatadores al Alfonso González Nicolás, hermano del segundo piloto. Tambien el radiotelegrafista Pedro Sacristán Vaquerizo, era natural de aquellas mismas tierras nacido en Fuenterrebollo. Recuperaron el diario de a bordo; había marisco y prendas esparcidos. Pienso en ese hermano ascendiendo hacia un avión del que aún no tenía noticias ciertas. A cada paso podía acercarse al encuentro que deseaba o a la confirmación que temía.

El historiador César Olivera, que contó con Otero durante su investigación, recordó en San Quirce en mayo de 2026 que la búsqueda tuvo que hacerse a pie y duró casi dos días. El conocimiento de los vecinos resultó decisivo para localizar los restos. Suya es la foto de los restos del avión que acompaña estas líneas.

La roca y las preguntas.

Luciano Otero, un pastor de Ortigosa del Monte, encontró los restos del aparato. Los relatos sobre el hallazgo sitúan a Maribel junto a una roca, apartada del avión. Aquella imagen alimentó la posibilidad de que hubiera sobrevivido al choque y fallecido después por el frío. La crónica  de diciembre de 1958 ya recogía esa hipótesis, con cautela. La evidencia real tan solo puede situar a la azafata en el exterior de los restos del aparato, pero ya recostada y muerta por hipotermia junto al fuselaje.

Aquí necesito detenerme.

No sabemos con certeza si ocurrió así. No podemos afirmar cuánto tiempo vivió después del impacto, ni qué pudo hacer, sentir o esperar la chica de Barcelona ente las nieves del Guadarrama.  Nadie estuvo allí para contar los últimos pasajes de Maribel en la montaña.

A mí me basta imaginar la posibilidad de una joven azafata herida y confusa, sola entre cadáveres en aquellas laderas heladas, para sentir un nudo en la garganta. Pero imaginarlo no permite convertirlo en un hecho. Por eso prefiero dejar ese silencio abierto, sin prestarle a Maribel unas últimas palabras que desconocemos. Sin poner una hora a una espera que nadie pudo medir.

Los héroes que  subieron a buscarlos.

El hallazgo de aquellos restos fue el principio de un trabajo más duro e ingrato, recuperar los cadáveres. Según la crónica del 7 de diciembre, nieve, viento y niebla obligaron a retirarse a los primeros expedicionarios y aplazar el descenso hasta la mañana siguiente. Habían encontrado el avión, sí, pero todavía tenían que bajar a sus ocupantes. Me cuesta imaginar lo que debió de pesar aquella orden de retirada entre quienes habían subido con la esperanza de auxiliarles. También quienes buscaban necesitaban volver con vida.

La crónica fechada en Segovia el 8 de diciembre y publicada por La Vanguardia el día 9 describe la evacuación culminada el domingo 7. Participaron vecinos de Ortigosa del Monte, La Losa y Nava de Riofrío, montañeros de Madrid y Segovia, Cruz Roja, Guardia Civil y Ejército del Aire.

A La Paridera, punto de reunión situado según aquella crónica a unos dos kilómetros del accidente, llegaron los primeros cuerpos hacia las doce y media. El último bajó alrededor de las cinco. Unos veinte mulos, conducidos por sus propietarios, transportaron a las víctimas envueltas en sábanas y mantas. Donde resultaba necesario, los hombres las bajaron a hombros.

Ayer mismo pasaba yo por estos lares, donde cada curva del sendero exigía elegir dónde apoyar los pies. Imagino cada carga aquel día, necesitada manos que la sujetaran. Quiero quedarme con ese esfuerzo concreto, con los vecinos que conocían el camino y con los animales que permitieron recorrerlo.

Desde La Paridera partió después un convoy con camiones militares y ambulancias hacia Madrid. Los cuerpos llegaron al Hospital Central del Aire aquella noche y fueron trasladados al Instituto Anatómico Forense para su identificación. La operación terminaba para quienes habían recorrido la sierra. Para las familias empezaba el reconocimiento de sus muertos, el regreso y el entierro.

Como montañero, quiero detenerme también en ellos. En quienes conocían los pasos y pusieron ese conocimiento al servicio de las familias que esperaban abajo. Trasladar un cuerpo montaña abajo por estas laderas heladas exige un cuajo que a mí apenas me cabe en la palabra rescate.

La Mujer Muerta tenía su nombre mucho antes de aquel accidente. Sus viejas leyendas pertenecen a la memoria del Guadarrama. La historia de Maribel pertenece también a unas familias concretas, a una fecha y a veintiuna ausencias. Cuando vuelvas a correr por estas montañas, me gustaría que les concediéras un instante. Dejar de mirar el reloj. Escuchar el viento. Recordar a María Isabel Sastre Bernal, Maribel. Dieciocho años segados por el fríó en estas montañas. Y a las otras veinte personas de aquel vuelo.

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