LEYENDA DE LA MUJER MUERTA, SEGOVIA.
Se llamaba
María Isabel Sastre y era de Barcelona. Con 18 años llegó al cordal de La Mujer Muerta
segoviana volando en su aparato de Aviaco. Algo muy grave falló y Maibel, junto
a todos los pasajeros de aquel avión modelo Languedoc se quedó allí, para siempre.
Esta es su historia.
Podcast Radio Trail: Leyenda de la Mujer Muerta, Segovia. La tragedia de Aviaco.
LEYENDA DE LA MUJER MUERTA, SEGOVIA.
El espléndido
cordal montañero conocido como La Mujer Muerta segoviana, que
recorremos desde Cercedilla, guarda mucho más que cumbres y pinares. Hoy quiero acercaros a sus
relatos más trágicos. La tradición histórica recogía ya varias leyendas
clásicas: La una habla ya de una madre que ofrece su vida para reconciliar a
sus hijos; también de una princesa asesinada cuyo recuerdo Hércules modela en
la sierra; no falta la historia de una dama atravesada al detener un duelo e
incluso la de una joven víctima de los celos de un pastor. Son versiones legendarias de la
Mujer Muerta, ambientadas
en tiempos distintos, transmitidas para explicar esa silueta de mujer tendida
que contemplamos desde Segovia.
A esas
narraciones se sumó una tragedia moderna real, con nombres y apellidos:
Fue el accidente
de Aviaco del 4 de diciembre de 1958. Entre sus veintiuna víctimas estaba María Isabel Sastre Bernal, Maribel,
una azafata barcelonesa de dieciocho años. Su historia inspiró El último vuelo de Edwin
Winkels. Hoy quiero
recordarla desde nuestra mirada de montañeros, con el respeto que merecen las
familias y conservando la incertidumbre sobre sus últimas horas.
Una muchacha en Montjuïc.
Para contar
esta historia quiero empezar lejos del Guadarrama. En Barcelona. En el cementerio de Montjuïc. La
fotografía que acompaña este relato muestra una tumba presidida por el busto de
una muchacha con uniforme de azafata. Lleva el gorro ligeramente ladeado. Hay
flores a sus pies. La piedra conserva una juventud que el tiempo ya no puede
cambiar.
Fue aquella
sepultura la que llamó la atención de Winkels en 2006. Tal como ya nos avanzara
Becquer: “¡Cuánta nota dormía en sus cuerdas, como el pájaro duerme en las
ramas, esperando la mano de nieve que sabe arrancarlas!” Aquel encuentro
acabó convirtiéndose primero en un reportaje publicado por El Periódico y
después en una novela. El escritor buscó familiares, testimonios y documentos
para recuperar la vida que había detrás de aquel rostro, según explicó al presentar la investigación
de El último vuelo.
A mí me
impresiona ese camino de vuelta: empezar por una tumba para recuperar una vida.
Os pido que me sigáis ahora, tras los pasos de Maribel, para rendir homenaje a
los protagonistas de aquella tragedia, tanto los fallecidos como los héroes que
se jugaron la vida por su rescate.
Antes del
accidente hubo una muchacha que quería volar. Una joven que había conseguido trabajar en
aquello que deseaba. En la España de los años cincuenta, su profesión abría una
ventana a un mundo que para muchas mujeres quedaba muy lejos. Esa ilusión
atraviesa la historia de Maribel Sastre
que recupera la novela.
El vuelo que no llegó a Madrid.
Después llegó
aquel jueves de diciembre. El aparato era un Languedoc de Aviaco, matrícula
EC-ANR. Llevaba dieciséis pasajeros y cinco tripulantes. Había salido de Vigo
con destino a Madrid. El piloto era de los mejores capitanes de toda la flota,
amplia experiencia pilotando todo tipo de aparatos. Sin embargo, aquel día algo
falló.
El contacto se perdió abruptamente y para
quienes esperaron noticias del vuelo durante muchas horas, estas montañas del
Guadarrama debieron de convertirse en una distancia insoportable. Al otro lado
estaba un avión del que no sabían nada. Dentro viajaba alguien a quien querían.
Aquel vuelo había
terminado abruptamente contra la montaña. La ventisca lo precipitó en el pico Pasapán, sobre
el cordal de la Mujer Muerta, el último obstáculo antes de llegar a la meseta
madrileña. Ninguno de sus ocupantes regresó.
Pasapán. Un
nombre que ayer mismo revivi recorriendo sus laderas entre, collados y farallones
de granito. Al recordar hoy aquel avión entre la ventisca, el paisaje adquiere
otra dimensión. Pienso en la diferencia entre contemplar una sierra desde abajo
y quedar perdido entre sus laderas cuando llega el invierno. En cómo
desaparecen las referencias. En lo difícil que resulta avanzar cuando apenas
puedes ver dónde termina el siguiente paso.
Luciano Otero entre la nieve y el viento.
El pastor Luciano
Otero no lo dudó y encabezó la partida de búsqueda de la Guardia Civil por las
tierras altas, que conocía como pocos: «Hacía un viento enorme. Los ojos se
cegaban continuamente por las ventiscas». En un momento dado, creyó ver una
roca entre la nieve. Al acercarse reconoció el avión y gritó a sus compañeros.
La cola se conservaba; la parte delantera estaba destrozada.
Como corredor de
montaña, me deja helado esa primera confusión. Cuántas veces un canchal cambia
de forma entre dos ráfagas de niebla. Pero aquel bulto tenía dentro 21
respuestas que desde días antes buscaban las familias.
Las crónicas mencionan
entre los rescatadores al Alfonso González Nicolás, hermano del segundo piloto.
Tambien el radiotelegrafista Pedro Sacristán Vaquerizo, era natural de aquellas
mismas tierras nacido en Fuenterrebollo. Recuperaron el diario de a bordo;
había marisco y prendas esparcidos. Pienso en ese hermano ascendiendo hacia un
avión del que aún no tenía noticias ciertas. A cada paso podía acercarse al
encuentro que deseaba o a la confirmación que temía.
El historiador
César Olivera, que contó con Otero durante su investigación, recordó en San Quirce en mayo de 2026 que la búsqueda tuvo que hacerse a pie y
duró casi dos días. El conocimiento de los vecinos resultó decisivo para
localizar los restos. Suya es la foto de los restos del avión que acompaña
estas líneas.
La roca y las preguntas.
Luciano Otero, un
pastor de Ortigosa del Monte, encontró los restos del aparato. Los relatos
sobre el hallazgo sitúan a Maribel junto a una roca, apartada del avión.
Aquella imagen alimentó la posibilidad de que hubiera sobrevivido al choque y
fallecido después por el frío. La crónica de diciembre de 1958 ya recogía esa hipótesis, con cautela. La
evidencia real tan solo puede situar a la azafata en el exterior de los restos
del aparato, pero ya recostada y muerta por hipotermia junto al fuselaje.
Aquí necesito
detenerme.
No sabemos con
certeza si ocurrió así. No podemos afirmar cuánto tiempo vivió después del
impacto, ni qué pudo hacer, sentir o esperar la chica de Barcelona ente las
nieves del Guadarrama. Nadie estuvo allí
para contar los últimos pasajes de Maribel en la montaña.
A mí me basta
imaginar la posibilidad de una joven azafata herida y confusa, sola entre
cadáveres en aquellas laderas heladas, para sentir un nudo en la garganta. Pero
imaginarlo no permite convertirlo en un hecho. Por eso prefiero dejar ese
silencio abierto, sin prestarle a Maribel unas últimas palabras que
desconocemos. Sin poner una hora a una espera que nadie pudo medir.
Los héroes que subieron a buscarlos.
El hallazgo de
aquellos restos fue el principio de un trabajo más duro e ingrato, recuperar
los cadáveres. Según la crónica del 7 de diciembre, nieve, viento y niebla obligaron a
retirarse a los primeros expedicionarios y aplazar el descenso hasta la mañana
siguiente. Habían encontrado el avión, sí, pero todavía tenían que bajar a sus
ocupantes. Me cuesta imaginar lo que debió de pesar aquella orden de retirada
entre quienes habían subido con la esperanza de auxiliarles. También quienes
buscaban necesitaban volver con vida.
La crónica fechada en Segovia
el 8 de diciembre y publicada por La Vanguardia el día 9 describe la evacuación culminada el
domingo 7. Participaron vecinos de Ortigosa del Monte, La Losa y Nava de
Riofrío, montañeros de Madrid y Segovia, Cruz Roja, Guardia Civil y Ejército
del Aire.
A La Paridera,
punto de reunión situado según aquella crónica a unos dos kilómetros del
accidente, llegaron los primeros cuerpos hacia las doce y media. El último bajó
alrededor de las cinco. Unos veinte mulos, conducidos por sus propietarios,
transportaron a las víctimas envueltas en sábanas y mantas. Donde resultaba
necesario, los hombres las bajaron a hombros.
Ayer mismo pasaba
yo por estos lares, donde cada curva del sendero exigía elegir dónde apoyar los
pies. Imagino cada carga aquel día, necesitada manos que la sujetaran. Quiero
quedarme con ese esfuerzo concreto, con los vecinos que conocían el camino y
con los animales que permitieron recorrerlo.
Desde La Paridera
partió después un convoy con camiones militares y ambulancias hacia Madrid. Los
cuerpos llegaron al Hospital Central del Aire aquella noche y fueron
trasladados al Instituto Anatómico Forense para su identificación. La operación
terminaba para quienes habían recorrido la sierra. Para las familias empezaba
el reconocimiento de sus muertos, el regreso y el entierro.
Como
montañero, quiero detenerme también en ellos. En quienes conocían los pasos y pusieron ese
conocimiento al servicio de las familias que esperaban abajo. Trasladar un
cuerpo montaña abajo por estas laderas heladas exige un cuajo que a mí apenas me
cabe en la palabra rescate.
La Mujer
Muerta tenía su nombre mucho antes de aquel accidente. Sus viejas leyendas pertenecen a la memoria del
Guadarrama. La historia de Maribel pertenece también a unas familias concretas,
a una fecha y a veintiuna ausencias. Cuando vuelvas a correr por estas
montañas, me gustaría que les concediéras un instante. Dejar de mirar el reloj.
Escuchar el viento. Recordar a María Isabel Sastre Bernal, Maribel. Dieciocho
años segados por el fríó en estas montañas. Y a las otras veinte personas de
aquel vuelo.
